sábado, 26 de marzo de 2016

La escolástica
Los caracteres más generales y propios de la Filosofía escolástica, tomada en conjunto, son dos. El primero y principal es la unión o conciliación entre la razón humana y la revelación divina, entre la Filosofía racional y la teología cristiana. El segundo es la incorporación progresiva de la Filosofía de Aristóteles a la Filosofía cristiana, incorporación en virtud de la cual la Filosofía escolástica vino a ser y constituir como un todo orgánico vivificado por el pensamiento teológico del Cristianismo, e informado por la lógica y la metafísica del fundador del Liceo.


Esto, sin embargo, no debe tomarse en sentido exclusivo, puesto que el platonismo entró también, y entró como elemento importante, en el origen, constitución y desarrollo de la Filosofía escolástica. Precisamente el predominio relativo de este elemento platónico es el que explica y contiene en mucha parte la razón suficiente de la variedad de sistemas, teorías y direcciones que se observan en ciertas épocas y en ciertos escritores de la Filosofía escolástica. Empero la causa más poderosa y la que ejerce influencia más decisiva en la variedad y hasta oposición de sistemas, direcciones y escuelas que aparecen en esta grande época, fue el sentido que se dio y las aplicaciones que se hicieron de lo que constituye el carácter más fundamental y general de la Filosofía escolástica. Para las escuelas ortodoxas, la unión entre la Filosofía y la teología, entre la ciencia humana y la religión divina, representa la distinción y la marcha armónica de las dos ciencias, pero no la confusión ni la absorción de la una por la otra. En los sistemas y escritores heterodoxos, aquella unión se transforma en identificación y confusión de la una con la otra. Así es que el racionalismo de la Filosofía escolástica es un racionalismo sui generis, que, si bien tiene de común con el racionalismo moderno la tendencia a exagerar el alcance y poderío de la razón humana, se diferencia de él en cuanto a las aplicaciones, y sigue una marcha inversa cuando se trata de sacar las consecuencias del principio racionalista. Los partidarios de este principio en los tiempos modernos dicen: puesto que la razón humana es independiente e ilimitada en su actividad, en sus movimientos y en sus fuerzas, debemos rechazar como falso todo lo que ella no puede comprender y explicar. Los racionalistas de la Edad Media decían: puesto que la razón humana posee una actividad ilimitada y una fuerza de comprensión casi infinita, puede penetrar, comprender y explicar todas las cosas y todas las verdades, sin excluir los misterios de la revelación. De aquí es que los racionalistas de la Filosofía escolástica, generalmente hablando, no niegan las verdades de la fe por incomprensibles a la razón, como hace el racionalismo moderno, sino que, por el contrario, las admiten y profesan, pero las desfiguran y destruyen con sus esfuerzos para encerrarlas en los moldes estrechos de la razón humana. Erígena, lejos de negar la religión cristiana, como los racionalistas de nuestros días, la confunde e identifica con la Filosofía. Berengario, Roscelin y Abelardo no rechazan en absoluto los misterios de la Eucaristía y de la Trinidad, sino que tratan de comprenderlos y explicarlos, encerrándolos dentro de los límites y las ideas ordinarias de la razón. Bien puede decirse, por lo tanto, que la Filosofía escolástica presenta cierta grandeza y generosidad de aspiraciones que la hacen superior a la Filosofía moderna bajo este punto de vista. Mientras que el racionalismo en ésta se contenta con negar fríamente, el racionalismo de aquélla aspira a comprender y explicar las cosas más altas y misteriosas.

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