La escolástica
Los caracteres más generales y propios de la Filosofía
escolástica, tomada en conjunto, son dos. El primero y principal es la unión o
conciliación entre la razón humana y la revelación divina, entre la Filosofía
racional y la teología cristiana. El segundo es la incorporación progresiva de
la Filosofía de Aristóteles a la Filosofía cristiana, incorporación en virtud
de la cual la Filosofía escolástica vino a ser y constituir como un todo
orgánico vivificado por el pensamiento teológico del Cristianismo, e informado
por la lógica y la metafísica del fundador del Liceo.
Esto, sin embargo, no debe tomarse en sentido exclusivo,
puesto que el platonismo entró también, y entró como elemento importante, en el
origen, constitución y desarrollo de la Filosofía escolástica. Precisamente el
predominio relativo de este elemento platónico es el que explica y contiene en
mucha parte la razón suficiente de la variedad de sistemas, teorías y
direcciones que se observan en ciertas épocas y en ciertos escritores de la
Filosofía escolástica. Empero la causa más poderosa y la que ejerce influencia
más decisiva en la variedad y hasta oposición de sistemas, direcciones y
escuelas que aparecen en esta grande época, fue el sentido que se dio y las
aplicaciones que se hicieron de lo que constituye el carácter más fundamental y
general de la Filosofía escolástica. Para las escuelas ortodoxas, la unión
entre la Filosofía y la teología, entre la ciencia humana y la religión divina,
representa la distinción y la marcha armónica de las dos ciencias, pero no la
confusión ni la absorción de la una por la otra. En los sistemas y escritores
heterodoxos, aquella unión se transforma en identificación y confusión de la
una con la otra. Así es que el racionalismo de la Filosofía escolástica es un
racionalismo sui generis, que, si bien tiene de común con el racionalismo
moderno la tendencia a exagerar el alcance y poderío de la razón humana, se
diferencia de él en cuanto a las aplicaciones, y sigue una marcha inversa
cuando se trata de sacar las consecuencias del principio racionalista. Los
partidarios de este principio en los tiempos modernos dicen: puesto que la
razón humana es independiente e ilimitada en su actividad, en sus movimientos y
en sus fuerzas, debemos rechazar como falso todo lo que ella no puede
comprender y explicar. Los racionalistas de la Edad Media decían: puesto que la
razón humana posee una actividad ilimitada y una fuerza de comprensión casi
infinita, puede penetrar, comprender y explicar todas las cosas y todas las
verdades, sin excluir los misterios de la revelación. De aquí es que los
racionalistas de la Filosofía escolástica, generalmente hablando, no niegan las
verdades de la fe por incomprensibles a la razón, como hace el racionalismo
moderno, sino que, por el contrario, las admiten y profesan, pero las
desfiguran y destruyen con sus esfuerzos para encerrarlas en los moldes
estrechos de la razón humana. Erígena, lejos de negar la religión cristiana,
como los racionalistas de nuestros días, la confunde e identifica con la
Filosofía. Berengario, Roscelin y Abelardo no rechazan en absoluto los
misterios de la Eucaristía y de la Trinidad, sino que tratan de comprenderlos y
explicarlos, encerrándolos dentro de los límites y las ideas ordinarias de la
razón. Bien puede decirse, por lo tanto, que la Filosofía escolástica presenta
cierta grandeza y generosidad de aspiraciones que la hacen superior a la
Filosofía moderna bajo este punto de vista. Mientras que el racionalismo en
ésta se contenta con negar fríamente, el racionalismo de aquélla aspira a
comprender y explicar las cosas más altas y misteriosas.
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